sábado, 25 de junio de 2016

Cuando la obsesión supera a la lógica. Crónica de una supervivencia

Hace unos días estuve en la filmoteca de Madrid. Hacían un pase de una película biográfica sobre el último año del poeta, escritor, director y ensayista Pasolini. La atracción que he sentido por este personaje siempre ha sido obsesiva y era natural que allá fuera a solas, como se deben disfrutar estas cosas, pero lo que no sabía es que me iba a encontrar de lleno con una clase magistral sobre el amor al cine, a la reivindicación, al arte y a la lucha por la perduración.
La proyección contaba con la presencia de su director venido desde Italia, Federico Bruno. No solo proyectaban Pasolini. La verdad oculta, habían programado una retrospectiva de gran parte de su obra durante el mes de junio.
La película no se metió en los terrenos pantanosos de los gustos sexuales, vicios y demás cosas que ya nos han contado demasiado, nos hablaba del artista Pasolini, de su capacidad por tocar todos los palos de la expresión artística y ser capaz de crear, reivindicar y alzar su voz más allá del soporte sobre el que lo hiciera. Una forma muy acertada de rescatar un personaje que ha sido enterrado de la historia de Italia por su discurso incómodo, su trágico final y sus filias sexuales. A la altura de Visconti, Fellini, De Sica y otros artistas neorrealistas, Pasolini ha quedado relegado a los cuatro raros que lo reivindicamos y que nos preocupamos de leer su mensaje cruzando la línea más allá de las imágenes impactantes de 120 días en Sodoma o su retrato erótico-festivo de su adaptación de Los cuentos de Canterbury. Es triste ver como el discurso que lanza queda a merced del escándalo de la recepción visual, sin que el espectador se atreva a darle la oportunidad a escuchar todo lo que nos grita en cada escena de sus obras.
Pero más allá de lo que redescubrí de este artista todoterreno, quedé sobrecogido por la verdad con la que el director se nos presentó, a él y a su película. Federico Bruno es un director que no le tiene miedo a nada, o al menos eso nos trasmitió. Tuvo que vender una casa para poder financiar esta película cuando todas las fuentes de financiación le dieron la espalda, y siguió adelante. Su obra no ha sido exhibida en salas comerciales, ni siquiera en televisión, solo dos filmotecas, una de su país y la de Madrid, le han dado la oportunidad de poder exhibirla. Ninguna de sus películas, trece ya, han tenido un respaldo en su país; tal y como él dijo en clave de humor tiene el récord guiness en invisibilidad.
Este panorama, que el nos contaba sin aparente preocupación, me devolvió la fe en el arte, en el cine y en las personas creadoras que lo hacen como responsabilidad social con su entorno y como creencia absoluta en lo que hacen, más allá del dinero. Artistas puros, que son capaces de dejarlo todo por entregarse a su vocación y a lo que consideran como su obligación en esta vida.
Verlo ahí parado, hablando con los ojos brillantes y emocionados, fue algo que me traspasó, me presentó a un hombre con una visión del arte absolutamente idealista y preocupado por desarrollarlo de esa forma.
Ojalá hubiera muchos más Federicos Brunos en el mundo, que la vocación los poseyera de tal forma que su única preocupación fuera encontrar el dinero para rodar su siguiente película, no para ganarlo. Cuando un artista dice que su finalidad no es tener tener fama, ni encontrar una sala para proyectar, sino hallar un lugar para guardar su obra y que pueda contribuir a la cultura del futuro es el momento de quitarse el sombrero y agachar la cabeza ganándose nuestro respeto para siempre.
Este maravilloso Don Quijote italiano, que no se cansa de luchar contra molinos, cabalgando sin ni siquiera un escudero es lo más cercano a lo que yo me encontrado, y creo que me encontraré en mi vida, a un artista de verdad.
Cuando salí de esa sala de Madrid, me sentí lleno de verdad, con una fe en el arte que ya casi había perdido. Consiguió lo casi imposible, que relegara a Pasolini a un segundo plano por haber quedado cegado de un verdadero superhéroe contemporáneo.
Yo que solo iba para ver si descubría algo nuevo del poeta, escritor, director y ensayista.

Y la realidad superó las expectativas.

domingo, 5 de junio de 2016

Polvo somos

Polvo somos y en polvo nos convertiremos.
La vida y la muerte se abrazan, convergen en el mundo para llorar a sus muertos.
Cuerpos dormidos, carne inerte bajo la tierra que los vio nacer. La muerte se pasea entre los recovecos de ciudades donde el silencio molesta.
Nos observan, cargan sobre nuestras espaldas sus gemidos de desesperación, extinguiéndose en la oscuridad del vacío, pidiendo terminar lo que dejaron sin hacer.
Cementerios, último aliento de recibimiento, morada de almas perdidas, cárcel de almas inocentes. Todas en el mismo sitio, pudriéndose en el mismo lugar.
La longevidad del olvido, lápidas secas ansiosas de lágrimas que les recuerden lo que era la vida.
Vírgenes que observan desde su divinidad mundana. Caricias frías de mármol y piedra que observan los gemidos de niños, mayores y ancianos desesperados, ansiosos por encontrar una respuesta que nunca llega mientras sus cuerpos se descomponen. Preguntan a ángeles que se erosionan sin saber qué contestar.
No recuerdan nada, no saben nada. Su amor, sus temores, sus odios, todo se esfuma.
Se libran guerras, guerras del fin del mundo y nadie llora. Los soldados están durmiendo y nadie sabe que hacer, nadie está a salvo. Nunca se escapan, siempre los atrapa.
Puñados de polvo que alimenta el dolor de una tierra que no deja de gritar y con ella todos los repudiados, los olvidados, los que duermen como vivieron.
En su parcela, en su infinita morada de un metro cuadrado recuerdan todo lo que rechazaron en esta vida esperando encontrar en la siguiente.
Oscuridad, negrura, el espesor de una noche que dura para siempre.
Pasado, presente y futuro, todo se resumen en un solo tiempo: jamás. El jamás de las cosas que quedaron sin terminar, que les recuerda que el tiempo solo tiene una dirección; palabra pegada a carne, pellejo y huesos, incluso después de ser convertidos en polvo.
El vacío de dejar de ser lo que ya no se volverá a ser jamás.
La energía reclama lo que es suyo.
Somos uno y tarde o temprano tendremos que volver a la unidad que desde el momento que nacemos nos reclama desde la oscuridad de la nada.

domingo, 22 de mayo de 2016

La importancia de lo imposible

Es difícil pensar en las cosas imposibles, quizá porque nunca van a suceder; o porque por mucho que las imagines sabes que no llegarán.
Imposible es mirar unos ojos y sentir como en lo más profundo de ellos encuentras algo familiar; imposible es tener algo en tu cabeza que se hace realidad; imposible es reconocerte en cada gesto y pensamiento de la persona que tienes enfrente, en el reflejo de una mirada; encontrarte en el mismo lugar con alguien que te estaba esperando desde hace mucho tiempo, el mismo que has estado esperando tú. Sentir algo ilógico y que sea lo más lógico que has sentido nunca, ver como pasado y futuro se unen en el presente; sin preocupaciones porque sabes que todo va a salir bien, y aún saliendo mal sabrás que habrá valido la pena. Sin pensar, solo disfrutar. 
Replegar las velas y sentarte a contemplar todo lo que la vida no se ha prestado a dejarte ver hasta ese día. Ver un mar calmado, deseoso de ser navegado y descubrir que todo está en armonía, que todo está bien, que no puede haber nada que te pueda preocupar.
El calor de un cuerpo, la templanza de dos almas que se encuentran en la casualidad de una noche y que deciden que nunca más podrán separarse, dos personas que se encuentran cuando en realidad se han estado buscando toda la vida.
Qué imposible es pensar que esto puede llegar a pasar y qué importante es confiar en que algún día pasará. Creer en lo imposible es lo que nos hace humanos y nos empuja a levantarnos cada día para cumplir con nuestra rutina.
Como todo lo imposible, cuando se piensa posible, desaparece, pierde su encanto y deja de ser nuestro leit motiv. Dentro de su propia naturaleza lo imposible no es posible de alcanzar porque pasaría a formar parte de este mundo rutinario del que tanto necesitamos huir. No nos sintamos obligados a buscar lo imposible porque en cuanto lo alcancemos se esfumará. Sigamos soñando todas las noches en la cama, levantándonos pensando en ello, pero por Dios, no lo hagamos realidad. Necesitamos vivir de utopías para huir de las banalidades que nos atacan en este mundo nuestro.
Pero lo más peligroso de hacer posible lo imposible no es la falta de motivación al conseguirlo, sino que una vez traído a ese mundo lo llamaremos amor y ya estaremos perdidos. El amor teje un red alrededor de nosotros que nos envuelve sin soltarnos jamás, haciéndonos unos yonkis de sus efectos y drogodependientes de sus secreciones químicas. En este estado, nos asomaremos a cada instante al mundo de lo imposible para poder arrastrar lo primero que se nos cruce, lo que ni siquiera es digno de intentar hacerlo traspasar la frontera; todo por conseguir nuestra dosis diaria de imposibilidad. Las consecuencias nefastas de jugar a ser alquimistas convirtiendo el plomo en oro.
La imposibilidad de lo imposible está ahí para respetarla. Sentemonos a admirarla, a verla en la distancia, a desearla, sin intentar arrastrarla a este mundo en el que sobran tantas cosas innecesarias. Pero si algún día ella nos elige, nos lo hará saber y cruzará por su propio pie para instalarse de forma definitiva en un lugar donde, aunque no sea su hábitat natural, nos hará sentir como si hubiera estado con nosotros toda la vida.

sábado, 14 de mayo de 2016

Carta abierta a una sociedad heterosexual

Cuando era pequeño siempre pensaba que cuando tuviera esos lejanos 30 años tendría mi familia; una esposa que fuera muy hacendosa y unos hijos a los que ayudaría a hacer los deberes cuando llegara del trabajo. Quiero pensar que todos, cuando somos niños, pensamos en esa estampa como cúlmen de la felicidad terrenal. Nacer, crecer y morir junto a tu compañera de vida dejando un legado en forma de genes; la necesidad de repetir los patrones que vivimos, sin pensar que existe millones de formas más para ser feliz. Ahora, ya rozando los 30, me he dado cuenta que la vida me tenía preparado algo mucho mejor: ser dueño de mi destino.
Soy homosexual. Y aunque no quiera, será la etiqueta que me acompañe siempre en mi relación con esta sociedad heterocentrista. Podría ser cirujano, presidente del gobierno o un asesino en serie, pero la etiqueta siempre estaría presente: cirujano homosexual, presidente homosexual o asesino homosexual. Siempre seré el amigo gay o el compañero de trabajo gay. El vecino gay o el hijo gay. Eso sí, para algunos no pasaré de ser un maricón a secas.
Celebro, y gran parte de la sociedad lo hace, la adquisición de derechos que estamos ganando a lo largo de lo años: el matrimonio, la adopción o la posibilidad de poder expresar nuestro amor en público con el mínimo (en el mejor de los casos) de reproches. Pero si nos paramos a pensar detenidamente lo único que ha cambiado es la forma, pero no el fondo. En una sociedad donde cada vez nos importan menos los demás, la parte buena es que puedes hacer lo que quieras mientras no molestes. Eso nos ha llevado a conquistar unos derechos a base de mucha sangre y sufrimiento para poder igualarnos ante los demás; elegir dormir, y hacer el amor en el mejor de los casos, con quien queremos ya nos coloca en un status más bajo que al resto y tenemos que iniciar una lucha para recuperarlo.
Tenemos constantemente que demostrar que no somos pederastas, ni viciosos, ni gente de mal vivir. La obsesión por ser como el resto nos lleva a exigir a todo el colectivo que se comporte como debería de comportarse una persona normal. Nos vemos obligados a defender diariamente nuestras decisiones y las de nuestro colectivo para poder seguir en la élite social, lo que crea un conflicto interno: marginamos a la persona con pluma, a la que le gusta los cuartos oscuros o a la que ha elegido una vida que no se adapta a las concepciones judeocristianas de nuestra sociedad occidental; todo por demostrar que no somos la amenaza que nuestros detractores intentan demostrar.
Luchamos contra la Iglesia, contra Dios, contra la derecha y, a veces, en momentos de debilidad contra nosotros mismos. Vivimos en una constante guerra en la que tenemos que demostrar, demostrar y demostrar que somos dignos de sentarnos en la mesa del primer mundo.
No todo está ganado. Tenemos que asumir que no somos iguales al resto, que siempre nos acompañará la diferencia, la diferencia de no hacer lo que la sociedad exige. Somos una pieza más de este mundo plurimórfico y no debemos intentar encajar donde no está nuestro hueco. Tenemos que luchar incansablemente por nuestros derechos, pero no para ser iguales sino para ser diferentes en igualdad de condiciones.
Aún así, entre tanta diferencia hay una cosa que nos hace a todos iguales: el amor. Con tanta lucha a veces olvidamos que por lo único que estamos luchando es por amor, por el derecho a decidir a quien amamos y demostrar que eso no tiene género, orientación ni expresión sexual; para que cuando se mire a dos hombres o mujeres cogidos de la mano el resto del mundo se pueda reconocer en esas miradas, esos ojos o esas caricias; y que tantas diferencias que nos separan nos unan en un clónico sentimiento por el querer compartir, follar, discutir y hasta odiar a la persona de la que estamos enamorados.
Ahora, que ya estoy crecidito, me he dado cuenta que el destino me había guardado algo mucho mejor para mi: el poder desarrollarme como persona, sin abrazar estereotipos y sin tener que seguir unos cánones que no a todos les viene bien. Aunque la lucha continúe, tengo que asumir que mi diferencia es lo que me hace ser yo a los ojos de la sociedad. Además, sentirme afortunado por saber que tengo detrás de mi a muchísimos hombres y mujeres que han dado su vida por luchar por los derechos que ahora disfruto  y que pueda pasear de la mano con quien quiera.
Ese orgullo gay del que tanto se habla, entre carrozas y confeti, realmente está vivo cuando los demás lo único que pueden hacer es añadirle la palabra homosexual a cualquier sustantivo que esté relacionado con tu persona; y sobre todo y más importante, cuando con una gran sonrisa pienses: Gracias a los que conseguisteis que todo se reduzca a un adjetivo que nos acompaña en nuestros quehaceres diarios en una sociedad donde la diferencia se paga caro.

domingo, 8 de mayo de 2016

Soledades en la era digital

Caminamos por esta vida con la esperanza de encontrar a alguien que nos acompañe, nos apoye y nos haga más fácil el camino. Normalmente, queremos que esa persona sea nuestro compañero de viaje y de cama para no sólo hacernos más liviano el camino sino también más divertido. Cada vez más gente decide hacer su camino a solas, sin necesitar a nadie que le haga de bastón al caminar; decisión respetable pero que me hace plantearme alguna que otra pregunta.
El concepto de ser social que describen todos los libros cuando hablan de nuestra especie se ha deformado. Queremos tener gente al lado para volcarle nuestras frustraciones, para que nos aguante, para que nos haga compañía en esas noches en las que, aún sin quererlo, nos damos cuenta que necesitamos a alguien que nos abrace por la noche. Pero, en cuanto amanece y se nos pasa la morriña, todo queda como un favor mutuo, como cuando estás perdido en mitad de la montaña y tienes que abrazarte a tu compañero de viaje para no morir de frío. Pura practicidad.
Practicidad. Nos hemos vuelto demasiado prácticos. Tenemos smartphones que nos llevan a la misma puerta del lugar que buscamos, ordenadores que nos hacen el trabajo más fácil y redes sociales que nos ayudan a  ser populares sin salir de casa. Todo lo que nos rodea en nuestra vida cotidiana es tan práctico que lo que requiere un mínimo proceso mental para comprenderlo nos da máxima pereza, como las relaciones humanas. Aún no existe aplicación que nos marque el camino cuando te relacionas de una forma íntima con otra persona, así que hay que echar mano del cerebro y de nuestra ¿inteligencia? emocional. ¡Qué pereza! Mejor encajar piezas en el Candy Crush que en nuestra vida.
Pobres de nosotros. Queremos olvidar lo que significa la palabra soledad. En un mundo interconectado nadie puede sentirse solo. Whatsapp, Facebook, Instagram, Twitter, Youtube… La falsa ilusión de no estar solos nos hacer olvidar que nunca estamos acompañados.
La soledad nos vuelve egoístas. No hay por qué atender las necesidades de los demás, todo se reduce a un mero intercambio para seguir sobreviviendo en este mundo en el que uno es fuerte hasta que encuentra a alguien que lo hace débil. Y no hay nada más desagradable en este individualismo moderno que encontrarte con una persona que te haga sentir vulnerable. No nos damos cuenta lo maravilloso que es encontrar a alguien que te tire al suelo, te haga sentir desnudo y a merced del destino.
Todos disimulamos muy bien. Si nos subimos en cualquier vagón de metro nos encontraremos con un montón de personas ensimismadas que viven esta vida sin necesitar nada, ni a nadie, bajándose en sus paradas, haciendo su rutina y seguras de sí mismas con la confianza de que aunque pierdan el rumbo siempre habrá una aplicación que les marque el camino hacia ningún lugar.

viernes, 23 de octubre de 2015

Autopsia a un fantasma

Esta mañana he leído un artículo en el que se decía que se había descubierto en una galaxia lejana una estrella similar al Sol, que había muerto y que estaba devorando los planetas que orbitaban a su alrededor, uno de características similares a la Tierra. En el artículo también hablaba de que muy probablemente, en unos 500.000 años a nuestro sistema solar le pasaría lo mismo y seríamos absorbidos por  el Sol. Mi primera reacción ha sido pensar lo poco que me importa a mí lo que pase dentro de 500.000 años. Pero después he pensado lo que podría pasar si el cálculo de los científicos estuviera equivocado y que una mañana nos despertáramos con la noticia de que, lamentablemente, el Sol nos engulliría de un momento a otro.  Al más puro estilo Melancholia de Lars Von Trier me veía como Kristen Dunst, pasando de todo.
Pensemos un poco. Somos una enorme masa de seres, aparentemente solos en todo el universo, y no hacemos otra cosa más que poner microuniversos entre nosotros. Vivimos como si fuéramos eternos, como si estuviéramos sobre el bien y el mal, como si el mundo estuviera a nuestros pies. Cuando pienso los microuniversos me refiero a esos que ponemos entre la persona que llevamos sentada al lado en el metro, entre el tío con el que compartimos la cama una noche o entre la peluquera que nos corta el pelo. Tenemos una falta de pasión absoluta por relacionarnos, por dejarnos sentir, por rozarnos, por aprender unos de otros. Nos están enseñando a que lo más importante en nuestra vida somos nosotros mismos, que tenemos que pensar en nuestro bienestar y al final, cueste lo que cueste, conseguir lo que nos proponemos. Nos olvidamos que estamos rodeados de otras personas y que esas personas también se olvidan de nosotros. 
Cuando dos personas se van a la cama, se rozan, se tocan, intercambian fluídos, abren la puerta de sus mundos para que entren a satisfacerles. Pero una vez logrado el objetivo salen por donde han entrado. Follamos porque el cuerpo nos lo pide, porque lo necesitamos, porque nos gusta, porque nos encanta sentir la sensación de poder aceptar y rechazar a nuestro antojo, de dejar la puerta entreabierta o dar con ella en las narices. Nos acostamos unos con otros, nos penetramos por la simple idea de que es lo que hay que hacer, pero pocas veces sentimos que hervimos por dentro. 
Somos fantasmas. Nos pasamos la vida arrastrando las cadenas, haciendo el máximo ruido para que nos miren. Y cuando alguien nos presta atención desaparecemos en la oscuridad, por miedo a que nos vean de verdad, preferimos vagar de esquina en esquina. Buscamos el amor, buscamos la aceptación, buscamos sentirnos queridos, pero no nos atrevemos a aparecernos, a convertirnos en seres de carne y huesos decididos a hervir por dentro. Es muy fácil estar en forma de ectoplasma para que en cuanto haya algo que nos asuste podamos atravesar la pared.
Queremos una familia, una mudanza, una persona que nos arrope en invierno y nos de calor. Pero se nos olvida toda esa gente que no llega a ese punto, que se cruza en un momento de nuestras vidas, para darnos calor una noche, para ser nuestro amor de madrugada.
Rechazar nos hace sentirnos seguros de nosotros mismos, reafirmar nuestro ego, para luego irnos solos a la cama, añorar ese amor que nunca llega y olvidar ese que no es suficientemente bueno para nosotros. Siempre queremos más porque nada está a nuestra altura, nosotros valemos mucho más. Nos asustamos, tenemos miedo, preferimos pensar que no existe sobre la faz de la tierra nadie que sea capaz de hacernos sentir completos. Estamos vacíos, vacíos por dentro y eso es imposible de llenar. Saltamos en charcos vacíos, nos rebozamos entre las telarañas de nuestras miserias una y otra vez. Andamos absortos en nuestros universos, imponiendo nuestras reglas, desechando a quien no las acepta y también a quien las acepta. No tenemos claro lo que queremos, simplemente sabemos que no queremos nada; que nada nos corresponde ni nos llega a la altura del zapato. Así, todas las noches nos metemos en la cama, solos, sin tener siquiera la idea de que algo hacemos mal. Si fuéramos conscientes de lo ínfima que es nuestra existencia nos daríamos cuenta que vale la pena amar a cada persona que se nos cruza en la vida, aunque sea por un minuto, porque no hay nada mejor que hacerlo sin la necesidad siquiera de que te tenga que llevar a cenar. Sentir en cada paso y en cada cruce de miradas eso que tendría que ser por lo que viviéramos cada día, sin esperar a que cumplan todos los requisitos. Amar, coño, que se ponga la piel de gallina con cada roce, que nos reviente la cabeza con cada beso. De eso deberíamos de preocuparnos y que cuando mañana se vaya, antes del desayuno, te des la vuelta en la cama con una sonrisa. 
Pero tenemos miedo. Miedo a querer más de una misma persona; a volvernos monógamos y necesitar el mismo aliento en nuestra boca cada día. Tenemos miedo de no poder valernos por nosotros mismos, pero estamos equivocados, cuando más se ama, más libre se es.
Y así vagamos por el planeta Tierra, andando unos con otros, chocándonos, durmiendo solos aunque estemos acompañados y pensando en cuando llegará ese gran amor que nos transforme por dentro.
El día que veamos en los informativos que nos acercamos rápidamente al Sol para ser destruidos nos daremos cuenta que ya no tendremos tiempo de repartir todo el amor que tenemos dentro y que en cuestión de minutos todo quedará reducido a cenizas, las cenizas del amor que nunca llegó a arder.

sábado, 8 de agosto de 2015

Vividos por la vida

El otro día estaba leyendo un ensayo del psicoanalista alemán Erich Fromm sobre la abundancia y la saciedad en la sociedad actual. Tras muchas pequeñas bofetadas a lo largo de su análisis llegué a un párrafo en el que hablaba de una cuestión que a todos nos quita horas de sueño. El texto en cuestión decía así: "(...) lo que me preocupa en este momento no es el problema de la vida o la muerte, sino el de la ventaja que la muerte va adquiriendo sobre la vida. De lo que en el fondo se trata es de llegar a ser más vitales, más plenos de vida. Los hombres siempre se engañan al respecto. Vive como si hubieran cesado de vivir o como si aún no hubiera comenzado (...) Y los más bellos epitafios con sus catálogos de logros no pueden encubrir la cuestión esencial, que no debemos eludir: ¿estuvimos y estamos realmente vivos? ¿Vivimos o somos vividos?"
Es cierto que en anteriores entradas ya he analizado la obsesión que tenemos por no ser conscientes de nuestra propia existencia, de enmascarar nuestras dudas existenciales con actividades superfluas que nos hagan de pantalla protectora de nuestra verdadera miseria. Pero esto va más allá, ya que no habla de acción, sino de resultado; el momento en el que, con una cierta edad, nos sentemos a evaluar y a sacar conclusiones con el temor de descubrir que nos hemos boicoteado, que por no vivir la vida nos hemos convertido en un elemento más de una masa homogénea sin haber sido capaces de desarrollarnos como seres únicos e irrepetibles y hemos acabado adaptándonos a una sociedad que nos exige ser lo más instrumentales posible. Con ello le hemos ahorrado y nos hemos ahorrado muchos problemas.
Cuando era pequeño todos los días le pedía a mi hermana mayor que me hiciera un traje de Batman, ella siempre me decía que me lo hacía mañana. Todos los días era la misma cantinela y un día, ya harto, le pregunté que cuándo era mañana. Su respuesta rápida y sincera fue "mañana es el día que se te haya olvidado". Esa es la muerte de la que habla Fromm. Aparcamos problemas, posponemos proyectos y eludimos responsabilidades con la esperanza de que mañana se nos haya olvidado; pero el autoengaño es más difícil que engañar a los demás, pasan los años y seguimos con un enorme cajón mental donde están todos nuestros deseos, proyectos y preocupaciones esperando a salir. El cansancio, la necesidad de cobrar la nómina a final de mes o el miedo a encontrarnos con algo que nos saque de nuestra zona de confort nos hace vivir dentro de un círculo vicioso donde estamos constantemente dando vueltas buscando una puerta de salida.
No existe un remedio para solucionar esta pasividad vital en la que nos sumergimos sin darnos cuenta. Por muchos manuales de autoayuda o ensayos de psicoanalistas que leamos no vamos a tener la clave para enfrentarnos a la vida, hay que leer en nosotros mismos. La Biblia dice que hay que comportarse con los demás como quieres que se comporten contigo, y así actuamos, no porque lo diga la Biblia, sino porque creemos que es lo correcto para ser recompensados. Nos comportamos como si realmente supiéramos como nos gustaría que se comportaran con nosotros, como si tuviésemos claro lo que queremos del mundo exterior. Actuamos  intentando ayudar, ser comprensivos, pacientes y buenas personas y nos sentamos a esperar nuestra recompensa, ésa que nunca llega; lo que si que llega es la pregunta de qué está mal, por qué la gente no ve todo lo bueno que has hecho. La respuesta, si no somos unos victimistas empedernidos, está clara: no nos vemos a nosotros mismos. Si nosotros no nos vemos, nadie nos ve, nos volvemos transparentes. Andamos por las calles y somos invisibles, la propia vida se encarga de tapar algo que nos es digno de reseñar. Lo que no irradia luz es tragado por la oscuridad, esa que nos cae con aplomo en la espaldas, nos deja sin fuerzas y nos hace delegar nuestra ansias para dejarnos ser vividos por la vida.
Cuando lleguemos al punto de no retorno, cuando ya no haya nada más que hacer, tendremos una recompensa en forma de epitafio: "buen padre, buen marido y buen amigo". Y donde quiera que estemos diremos: "Es que yo no quería ser nada de eso, yo solo quería ser feliz. En mi siguiente reencarnación lo haré mejor".